Sukkwan Island (David Vann)

Posted on octubre 30, 2010

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“Estupefacción”, “indeleble”, “magistral”, “ofuscarse”.
Mis nervios se acrecentan día a día. Debo confesar que tanto secretismo y tal continua retahíla de adjetivos, sustantivos y demás palabras aparentemente inconexas me están llevando a la absoluta desesperación. Día a día se ha presentado en mí la curiosidad y me ha provocado acercarme de puntillas a la puerta de la videoteca y escuchar a hurtadillas las conversaciones de las erratas. Pero parecen incansables en su ejercicio.
Si normalmente me acercaba a su rincón sólo para recoger los libros, ahora me veo tentado a acercarme cada 5 minutos para espiar, descubrir alguna inflexión, alguna frase concreta que me diga el porqué de tanta palabrería: “inmersión”, “sugerencia”, “desinteresadamente”…

Hoy por fin me acerco a la videoteca en busca de un nuevo título. Hago ruidos por el pasillo que me dirige a la puerta para que se enteren de mi presencia. En susurros escucho “enfrascado” y “abrumador”. Y entonces silencio. Entiendo que me han escuchado llegar. Escucho los pasos frenéticos, ruidos de una torre de libros cayendo. Se abre la puerta justo antes de que pique con los nudillos. El libro sale volando. Aterriza lejos de mí, a mis espaldas.
Me giro, lo recojo y vuelvo a acercarme a la puerta.
“¿Cuando se acabará esto?”
“Pronto, lo prometo” dice la errata cuerda.
“En serio, empieza a ser cansado. Me encantaría poder comentar con vosotras los últimos libros”.
“Pronto, lo prometo” dice la errata loca con voz burlona.
Pongo los ojos en blanco, “sois Gremlins” y me voy.

Recorriendo el pasillo camino a la butaca de lectura, observo el libro escogido. Se trata de “Sukkwan Island”, de un tal David Vann. Leyéndome la contraportada, pienso que es uno de esos libros que me van a gustar. Padre que decide llevarse a su hijo a vivir durante un año entero a una casa en medio de una isla desolada. ¿tirará hacia territorios bergmanianos? ¿O se unirá a la tendencia maléfica y naturalista del “Antichrist” de Lars von Trier? Sea como sea ambos referentes interesan.

Empezamos la lectura: La historia se inicia cuando padre e hijo realizan el viaje hacia la cabaña de Sukkwan Island. Se ponen las reglas del juego: la persona que los lleva hacia allí en una avioneta será el contacto que tengan con el exterior y pasará por el lugar cada X tiempo. Llevan suficientes provisiones como para pasar una larga temporada sin necesitarle. La cabaña tiene una radio de las antiguas, con la que podrán ponerse en contacto con quien quieran ante cualquier problema.
Los primeros días, padre e hijo descubren el trabajo que supone prepararse para el invierno de esa zona de Alaska. Empiezan a preparar un cobertizo para guardar comida en el exterior, cazan y pescan para ir teniendo alimento que, a base de sal, van ahumando para que se conserve durante más tiempo, etc.
Las primeras noches, el hijo va descubrieno en el padre actitudes extrañas: cada vez que se acuestan el padre solloza y berrea durante un largo rato antes de quedarse dormido. Ante semejante actitud el hijo hace oídos sordos e intenta olvidar por la mañana, cuando todo parece volver a la normalidad.

Con el paso de los días los llantos del padre van introduciendo al hijo a partir de pequeñas confesiones de su vida: la culpabilidad por haber sido infiel. Lo mal que se ha portado con las mujeres. Lo solo que se siente. El hijo no sabe qué responder.

Este sobrio y desgarrador inicio nos introduce a una historia pesadillesca, angustiante, hermética, fría y pesimista. Dicho inicio llega a un clímax más que interesante en el punto de inflexión que marca un antes y un después en la obra. En breve pasaré a analizarlo, donde avisaré que, si estáis mínimamente interesados en el libro, no sigáis leyendo. A partir de ese punto, sólo quién lo haya leído debe continuar.

Lo primero que viene a la cabeza cuando lees “Sukkwan Island” es el relato de características semejantes a “La carretera” de Cormac McCarthy. Por eso entiendo las referencias que en la faja de la edición española remarcan los parecidos y alaban la obra al nivel de la anterior. Personalmente, no están equivocados: el tema es semejante, pero el estilo narrativo, las frases cortas, prácticas, nada estilizadas, frías y cortantes de mirada analítica y punzante están igualmente presentes en el estilo de Vann. Y, por otro lado, Vann está al nivel del McCarthy de “La carretera” y, aunque yo mismo no sea un fervoroso seguidor de esta última obra, respeto y valoro sus méritos.

En “Sukwann Island” no encontraremos los peligros de la vida natural: sí que se nos presentan la idea bucólica de vida al estilo Thoreau, de naturaleza como génesis del hombre, de lo natural como territorio salvaje pero inherente en el ser humano. Parece ser la idea esencial del padre: acercar al hijo a los lugares comunos de la naturaleza humana, desintoxicarle de una sociedad cada vez más alejada de sus orígenes y, por lo tanto, desnaturalizada.
Sin embargo, el libro está lejos de ello: la vida pasada del personaje del padre pesa demasiado como para realizar el ejercicio natural. Los recuerdos, las culpas y los sentimientos anteriores han pasado a ser la maleta más pesada de este personaje y de la que nunca se podrá deshacer.
Es por ello que pronto descubrimos que lejos queda también la idea de pasar un año junto al hijo, descubrirlo, entenderlo y hacerle compañero. El padre resulta ser un personaje egoísta, que arrastra a esa experiencia al hijo por el único hecho de no poder estar solo.

Así pues, desvinculados de la posibilidad de temática naturaleza vs. Razón, pasamos a descubrir reflexiones acerca de la paternidad, de la imposibilidad de no volcar la propia vida a la de nuestors hijos y a la necesidad social. En esta primera parte de la novela, vemos en el padre a un antagonista espantoso: una persona incapaz de seguir con su vida, con ansias escapistas incapaces de ser realizadas en soledad. Por ello, despliega actitudes todavía más antipáticas como la de acoger al hijo con la pretensión completamente falsa de estar con él. Por eso, ese tropiezo intencionado que le lleva a pasar varios días en cama y en estado grave. Es la necesidad de llamar la atención, de que le cuiden. Necesidad, en definitiva, del contacto humano. Ese contacto humano había sido relacionado con las mujeres, de las que nunca ha podido escapar y en las que ha volcado todas sus energías, pero de forma egoísta y desinteresada.

Es por ello, y este es el momento en que el que desconozca la obra aviso que no debería leer (el libro es muy interesante y aconsejo su lectura), en un ejercicio de mimesis el hijo acoge las actitudes del padre y se dispara en la cabeza. Acude a la intención de llamar la atención del padre -igual que él se tiró por un acantilado, el hijo se vuela la cabeza-, a la intención de acabar con los pesares de su creador. Pues, matándose, no hace más que liberar al padre de todo tipo de culpabilidad, borrando la posibilidad de extender su carácter a una nueva generación.
Es por esta razón que a partir de dicho momento, Vann pasará a nombrar al padre con su nombre propio. Ha adquirido la plenitud como personaje. Ya no queda nada a su alrededor que llame a su pasado. Se encuentra entonces en su orígen, un nuevo orígen: la isla, que decidirá quemar finalmente como entrega a su propia responsabilidad, como maligna y pesarosa redentora de sus comportamientos. La muerte del hijo, actitud equivocada, pues tras la liberación del padre, también se esconde la acusación de asesinato y el rechazo de todas las personas que conocía, se convierte entonces en un acto de obligación a enfrentarse a todos sus problemas.
La locura, la incapacidad de pensar más que en la muerte de su hijo, la repetición del episodio en las confesiones con los polícias que convierte la realidad en sueño y la última aceptación (falsa, claro) de ser él quién mató al hijo, llevan al personaje a vivir un presente y desvincularse de su pasado. Pero quién siembra, recoge: el presente se presenta como una pesadilla, un terror continuo que ni siquiera la convicción de iniciar una vida nueva huyendo del país con un barco hacia México podrá solucionar.
En definitiva, una espantosa, cruel y devastadora historia que analiza en sus últimas consecuencias la paternidad como inmortalidad culpable a la vez que punto final de vida propia.

 

Actualización: También podéis encontrar aquí la reseña de Caribou Island, del mismo autor.

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