Los gondoleros silenciosos (William Goldman)

Posted on octubre 25, 2010

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Me acerco silenciosamente a la videoteca. Apoyo mi oreja en la puerta de madera: “marginal”, “idiosincrasia”, “prepotencia”, “alevosía”, “resquemor”, “preponderancia”…
Solo puedo preguntarme el motivo de tanta palabrería. Me encantaría atreverme a preguntar, pero creo que sé exactamente lo que va a pasar: picaré a la puerta, se abrirá, me lanzarán el libro y cerrarán. Igual que la última vez.
Pico a la puerta. La errata cuerda se queda a media palabra “temer..”. Se oyen ruiditos, respiraciones. Vuelvo a picar. La puerta se abre, lanzan un libro y vuelven a cerrar. Me sonrío, pero siento indignación. Miro a mis pies. En el suelo descansa un libro titulado “Los gondoleros silenciosos”. Ojeo rápidamente y pasan ante mis ojos ilustraciones de Venecia.
“¿Habéis estado en Venecia?”
“Si, si que estuviste en Marienbad”.
Risas…”¿Habéis estado en Venecia o no?”
No tengo respuesta.

Una vez acabado el libro me vuelvo a preguntar si han estado en Venecia. Yo lo estuve, y hace poco además. De Venecia me encanta la superposición entre el tiempo pasado y el actual. Se ve en cada piedra, en cada estatua, en cada detalle y en cada gondolero.
No puedo pensar en los gondoleros de forma diferente a lo que se me viene a la cabeza cuando pienso en los hombres y mujeres que llevan los abultados disfraces de personajes disney en sus parques temáticos. No puedo pensar en los gondoleros de forma diferente a lo que se me viene a la cabeza cuando pienso en el pájaro loco de Port Aventura.
Venecia choca por la paradójica sensación que te da al pensar en todo lo vivido en aquella ciudad y ver lo que se vive a día de hoy en un verano cualquiera. Turistas españolitos vistiendo con banderas de su país. Turistas americanos embelesados por edificios nunca antes descubiertos que chocan contra turistas rusos que han decidido caminar en otra dirección. Tu chocas por inercia entre ellos, porque también eres turista, pero te apoyas en tu forma de pensar para creer que no, no eres como ellos. Ellos no saben ver el parque de atracciones en el que se encuentran. Ellos no saben desviarse de las cuatro calles centrales, pues cuando decides caminar por barrios alejados de la plaza San Marcos te encuentras repentinamente en un ambiente que se acerca mucho más a aquel lugar atemporal que tenías en mente cuando chocabas contra turistas. Te convences de que tú tienes que ser diferente. Y en esos barrios alejados te das cuenta de que los gondoleros han desaparecido o están presentes en los canales mientras llevan a otros turistas aliviados por haber dejado de chocar y disfrutando de paseos auténticamente amorosos, siempre a punto de que el chico se gire hacia la chica y le de un anillo de compromiso. Cada vez que te apoyas en uno de esos maravillosos puentes y ves en los canales las elegantes góndolas, solo puedes ver en el gondolero a un presunto Caronte que lleva a sus “turistas” hacia el camino del matrimonio. Y los turistas te sonríen mientras tú con tu acompañante solo piensas: “ahora es el momento, fuerza chaval, dale el anillo ya”.

Pues bien, no sé exactamente qué pudo ver William Goldman exactamente en la figura kitsch del gondolero, a no ser que en el año 87, al no estar tan extendido el concepto parque temático, éstos tuvieran algún punto de seriedad. Tal vez no abordaran a la gente con palabrería altisonante para soltar sus tarifas con susurros (escuché hasta 47 euros por media hora…).
Lo que está claro es que no entiendo el relato sin un fuerte ingrediente de sarcasmo. Puedo comprenderlo si veo que, a través de los ojos de Goldman, éste es también uno de esos personajes que se ha dejado embaucar por la belleza de Venecia sin poder escapar al pensamiento “yo no soy uno de esos”.

Así pues, Goldman decide rescatar por sus propios medios la figura del gondolero clásico, cueste el precio que cueste, a través de su desbordante imaginación, un toque de fábula, una estructura de cuento al más puro estilo Andersen en su episodio central y añadiendo alguna que otra subtrama en forma de pequeños episodios que ilustran la acción venidera o la paran momentáneamente para elevar el clímax y, ya de paso, conseguir una verosimilitud que lleva a la sonrisa al lector.

Por ello, Goldman nos relata la historia de cómo los gondoleros dejaron de cantar (vaya, dejaron de ser gondoleros clásicos para pasar a su forma postmoderna y mediática), haciéndose pasar para este fin como un investigador del personaje principal que llevó a su nueva etapa al resto de gondoleros.
Este personaje principal es Luigi, un estudiante preparándose para su graduación como gondolero profesional, bonachón como nadie y enamorado de la profesión que le espera.
Tanto es así que, mucho antes de empezar sus clases, ya paseaba a escondidas durante la noche por los canales de Venecia aunque ello comportara saltarse la estricta normativa de la profesión. Es por eso que el día que tiene que pasar su examen final por el giro más peligroso y difícil de toda Venecia, lo consigue rozando la perfección y demostrando unas aptitudes inmejorables.
Sin embargo, el día de su estreno en el mundo de la góndola profesional y sus clientes le piden que cante, con su voz provoca un estruendo espantoso que, lejos de llevar a un estado de “síndrome de Stendhal” a sus clientes, lleva a todos los habitantes de Venecia a que le tiren pescados y demás artefactos por las ventanas. Así es como desterrarán a Luigi de su profesión y lo meterán a trabajar en el exclusivo bar de los gondoleros.
Aún así, Luigi está lejos de rendirse y hará lo posible por mejorar su voz y conseguir su sueño: cantar desde su gondola el “O sole mío” en medio del Gran Canal.

Desde luego es un logro conseguir cierto grado de empatía por parte del lector hacia la figura del gondolero (al menos en mi caso…debo decir, al fin y al cabo, que esto es una opinión personal: ya me veo a amantes de los gondoleros tirándome truchas virtuales desde sus pantalles de ordenador). Y Goldman lo consigue, ante todo por el perfecto relato que introduce la historia principal en que el importantísimo Caruso de viaje por Venecia para dar un concierto coge una góndola y pide que cante al gondolero, lo que le cuesta algún que otro sufrimiento al ver que canta mejor que él y, peor aún, cuando acaba descubriendo que éste se encuentra entre los últimos en el concurso de cantantes gondoleros.

A través de estas pequeñas historias, Goldman consigue introducirnos en un mundo que, si bien surge de lo fantástico, adquiere una profunda realidad (de nuevo la verdad de las mentiras), de detalles que determinan una especie de ternura que acabará por desarrollar durante los siguientes capítulos y, en especial, con el personaje principal.
Una vez introducidos en la historia, el relato adquiere un tono más clásico que, gracias al acompañamiento de estos mismos detalles despunta logrando una verosimilitud claramente irreal. Uno se siente como en esas películas de animación “infantiles” (entrecomillado por lo poco absoluto del término) en que, protagonizada por bichos o coches, juguetes, etc. los guionistas han debido imaginar un sinfín de detalles para recrear con realismo y desenfado el ambiente que los enmarca.

Tal vez el problema del libro esté en esa aparente ternura, pues según como, los gondoleros no dejan de tener comportamientos antipáticos, endogámicos y enfermizos: el bar de los gondoleros es el claro ejemplo, de donde expulsan a unos turistas casi a golpes.

En definitiva, en “Los gondoleros silenciosos” no dejaremos de encontrar lo que acabamos sintiendo los turistas (aparentemente) diferentes en Venecia: en sus partes céntricas, algo cercano a la antipatia y molestia a la vez que belleza; en sus partes descentralizadas lo encantador, grandilocuente (porque puede) y gratificante.

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