Roscoe, negocios de amor y guerra (William Kennedy)

Posted on octubre 19, 2010

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Emprendemos de nuevo nuestra inmersión en las novedades editoriales. Me acerco por la mañana temprano a la videoteca y pico, como normalmente hago, con los nudillos en la puerta de madera (tres golpes). Se abre la puerta, sale un libro disparado y se cierra.
Las erratas no tienen el día. Pero me extraña, por lo que acerco mi oído a la puerta y escucho de qué hablan. Veo que la errata cuerda dice palabras como “entronizar”, “ilustrativo”, “magnificencia” y “estornino”. Arqueó mis cejas. En realidad quiero entrar y saber lo que sucede, pero sé que se lo podrían tomar muy mal.
Así que me giro, recojo el libro del suelo y miro la portada. Se trata de “Roscoe. Negocios de amor y guerra”. Su autor, William Kennedy. De nuevo, Libros del Asteroide se hace con uno de esos autores completamente desconocidos en nuestro país y nos pregunta otra vez: ¿Cómo nos hemos podido permitir no conocer a este autor?

Y es que Libros del Asteroide se ha ganado la confianza del público con una selección más que cuidada de títulos. Ahora nos llega este “Roscoe”, novela que se inicia como una rareza curiosa y compleja y se termina con la boca abierta por lo que el autor ha llegado a conseguir.

A lo largo de las 342 páginas que nos ocupa este volumen, Kennedy nos presentará a Roscoe, un personaje singular, uno de los dirigentes del Partido Demócrata de Albany, capital del estado de Nueva York. Se nos sitúa en esta ciudad el día del final de la Segunda Guerra Mundial, cercano a las elecciones que pueden hacer que su partido se convierta en el líder.
Roscoe es insparable de sus dos compañeros, con los cuales comparte la gerencia del partido, Patsy y Elisha. Esa misma noche, Elisha morirá en circunstancias un tanto extrañas ( por lo imprevisto de la situación ), que poco más tarde se revelarán como suicidio. Es en este momento cuando un postmortem Elisha lanzará su posterior mensaje a Roscoe, que acaba de decidir dejar el partido tras 25 años en el puesto que ocupa: los enemigos se acercan y sabrás quiénes son.
Con este inicio, Kennedy pasará a recorrer los entresijos de la política americana; nos hará pasear por los tiempos pasados de Roscoe y el partido para ver así el periodo de entreguerras, introduciéndonos en el mundo del crack del 29, de la ley seca, de las mafias; nos mostrará el mundo de la corrupción, de las peleas de gallos, de las prostitutas, del contrabando de alcohol y otras substancias y en general, de las armas del poder.

Cuando uno decide empezar a leer “Roscoe. Negocios de amor y de guerra”, se encuentra introducido en un frenético torbellino de personajes, de situaciones encadenadas unas tras otras sin pausa, de los recuerdos que Roscoe rememora y detienen la acción presente para seguir con la pasada, de temáticas diferenciadas pero unidas al mismo hilo. Y es lo que provoca una primera sensación de absoluto vértigo.
Sin embargo, ese sentimiento primerizo caótico irá descubriendo poco a poco una perfecta estructura de tono desenfadado pero a la vez, casi clásico: es lo que hace de la obra algo singular.
Con semejante y veloz trama, lo primero que uno piensa es la imposibilidad de abarcar un entramado tan complejo en una misma historia sin conseguir en el lector la absoluta confusión o el posible tedio surgida de una incómoda necesidad de adaptación al estilo y al ritmo. Sin embargo, todo esfuerzo se verá recompensado en el momento que uno adquiere dicho ritmo y es tal vez este momento una de las grandes satisfacciones de su lectura. Pues es a partir de ahí que encontraremos y podremos valorar en Roscoe los miles de detalles precisos y minúsculos que se detallan en cada una de sus páginas, los diálogos sorprendentemente frescos y realistas consecuencia de uno de sus mayores logros: la construcción al mínimo detalle y a la perfección de unos personajes genuinos y perfectamente construidos.
Y es que Kennedy consigue con la paciencia del lector, que éste vaya encontrándose en un in crescendo de disfrute. Y no esperemos encontrarnos con un gran clímax final. El clímax es de presencia continua una vez adquirida dicha capacidad de adaptación y logra una introducción a un mundo tan real que incluso el autor debe introducir un postfacio alegando que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Kennedy es, por lo tanto, ese personaje único que frota la lámpara en las “Mil y una noches” y saca al genio enfadado que le concede un turbio deseo: el genio de Roscoe, antihéroe embustero que se gana con palabrería -como hace con el lector- a cualquier hombre y que nos concede, sea con gana o a desgana, la visión en primera persona de las triquiñuelas de la política.
En realidad, la obra está cargada de esos antihéroes a los que tanto nos gusta aferrarnos. Y en esta situación rodeada de ganadores ambiciosos y perdedores igualmente ambiciosos, podemos ver en Roscoe al menos malo de los malos: es el mediador de cualquier disputa, el dictador de la útlima palabra, el apaciguador y negociador. Y por eso se nos muestra como el perfecto personaje al que acompañar en las peripecias pasadas y presentes del partido y de todos sus componentes. Así, la narración utiliza a un narrador externo que se sitúa en el hombro de Roscoe, dejando entrar en el texto algún que otro pensamiento del personaje para acercarlo más al autor – o para liar todavía más la narración-.

A partir de estos parámetros, Kennedy habla en su libro de la fragilidad de la verdad en el mundo de la política, como Roscoe dice: todo hombre que busca poder por medio de la verdad o bien es un necio o bien un perdedor. Pero esta verdad principal en la obra se extrapola al lector medio para descubrirnos que en realidad no vivimos más que una enorme farsa, repleta de verdades falsas. Un teatro de marionetas descontrolado y vertiginoso. Pero, en realidad, ¿no es la creación literaria la farsa más grande y real que existe? A esto juega cualquier autor, a las verdades de las mentiras. Y Kennedy se revela como un perfecto embustero.

Roscoe no sabe distinguir su vida real con su vida profesional. La política está presente en cada una de sus acciones, como lo fue con su padre, el cual decidió vivir entre semana en un hotel de la ciudad y pasar los fines de semana con su família.
Por lo tanto, Kennedy trata la política como motor de la acción, pero también como ilustrador de todos y cada uno de los detalles de la vida en la actualidad. Así pues, cualquiera en busca de poder, sea político, sea estudiante, lo alcanzará de forma más rápida a través del engaño. O del autoengaño.
Roscoe ha vivido una vida de autoengaño, casándose con la hermana de la mujer a la que realmente ama (casada, a su vez, con Elisha, el suicida). De esta forma, se humaniza a Roscoe y lo convierte en una especie de Charles Foster Kane: entregado a sus miles de responsabilidades e incapaz de hacer frente a su vida personal. Pero a diferencia de la obra maestra de Welles, Kennedy se inclina por la desmesura (controlada, eso sí) y decide presentarnos a tres posibles Kane(s).

Cada uno de ellos tiene que lidiar sus cargas profesionales con sus vidas personales, por lo que o bien deciden entregarse a una de ellas por completo e ignorar la otra o integran en una misma vida ambas opciones creando la incapacidad de conseguir la plenitud.
Así es como Kennedy nos presenta una sociedad actual que ha perdido cualquier valor: la verdad y el honor no es algo que se persiga, es un medio con el que jugar y hacer trampas para conseguir lo querido.
La ambición está presente en cada una de las mentalidades y, por ello, la incapacidad de acercarnos a una realidad plana y simple. Los personajes de Kennedy se hacen eco de la política para representar los grandes males de la sociedad, pero sin ningún tipo de moralina, por supuesto: con desenfado, rapidez y un encanto algo maligno.

Y es que en definitiva, la capacidad y el aplomo de Kennedy presente en su escritura, nos recuerda a un Robertson Davies corrupto y desfasado, más cercano a nuestras épocas de ritmos acelerados. De momento, por supuesto, nadie ha llegado a adquirir el talante magestuoso, íntegro y de sabiduría total del (nuestro -de las erratas y mío- adorado y venerado) Robertson Davies. Pero eso sí, nos alegra, en definitiva, poder decir que ha sido una de las sorpresas de la temporada.

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