La cúpula (Stephen King)

Posted on septiembre 3, 2010

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Y el verano se va como llegó, y las erratas vuelven renovadas y alegres…Excepto por un atisbo de vergüenza en su mirada que puedo atribuir a su decisión librera para esta ociosa y calurosa época del año. Y lo sé porque evitan el tema sea como sea hasta que les digo directamente y con sonrisa burlona: ¿Así que Stephen King, eh?

Y es que durante el último día laboral de las erratas me decidí a hacerles una visita a su fresca videoteca para que me asignaran una lectura veraniega. Las pillé desprevenidas, como cualquier trabajador que sabe que los próximos días nada tiene que hacer. Así que me dijeron que por qué no intentaba leer lo mismo que ellas. Me ablandé, debo decir…Parecía que podía ver una ternura insospechada en sus miradas, intentando que la distancia que nos separarían nuestros respectivos viajes se uniera a partir de la literatura. Y así fue como, acompañado de risitas, me acercaron el ejemplar de “La cúpula”, de Stephen King.
Mi primera reacción fue negarme. Al instante me explicaron su filosofía de leer en verano libros “medios” (esa fue su expresión), aptos para todos los públicos y que, Stephen King les hacía recordar su pasado, su adolescencia, sus ratitos en la cama completamente asustadas por las paranoias de los personajes de dichos libros. Y eso las enternecía.
Entre la explicación y, sobre todo, el atisbo de ternura de las erratas, acepté.

La lectura de este mastodonte (1136 páginas) se inicia con un día que marcará para siempre la historia del pueblo de Chester’s Mill: una cúpula invisibe (un campo de fuerza) cae sobre el territorio, aislándolo del resto del mundo y desatando el caos -accidente de aviación, habitantes y animales partidos en dos, accidentes de coche…-.
Tras esta inusual situación, los personajes deberán enfrentarse a un pueblo en crisis dominado por un ambicioso alcalde y su séquito, que formarán el bando de los “malos” y se enfrentarán al de los “buenos”, entre ellos un ex militar de Iraq, una periodista republicana, una camarera, un médico… En una situación extrema.
La falta de alimentos, de energía y de comunicaciones hará que poco a poco, la tensión entre todos ellos se agrave hasta límites insospechados.

Así pues, ¿qué esperar de esta novela?

King tiene ciertos bloques temáticos omnipresentes. Sus novelas se dividen en: las que pasan en un pueblo sobre el que se desata una furia paranormal que hará sacar lo peor de sus habitantes (introduzcamos “La cúpula” a este bloque); los que tratan de un personaje -normalmente femenino- que tiene algún poder sobrenatural que le hará la vida igual de fácil que difícil; la del escritor abrumado ante su creación y la de personaje único atrapado en una situación desesperante (tema que se puede fundir en cualquiera de los otros bloques).

Partiendo de esta clasificación, sabemos más o menos qué elementos saldrán a relucir dependiendo del bloque temático en el que nos encontremos. Así pues, en “La cúpula” no nos faltará el personaje religioso enfermizo que sacará a relucir contínuamente pasajes bíblicos que se relacionan casualmente a la perfección con la acción transcurrida -crítica caricaturesca y algo pasada de vueltas de la religiosidad estadounidense-; el personaje tremendamente malo que se apoya en la hipótesis de que está ayudando a todo el mundo cuando en realidad actúa de forma egocéntrica; el pobre personaje principal, con la carga a sus espaldas del pueblo entero y con el malo en los talones; la chica -sí, sin más… La chica-, el animal que ve más allá de lo que los humanos pueden, los sueños y ataques con premonición de por medio y el elenco de secundarios que están ahí para que puedan suceder cosas aun más catastróficas y tremebundas.

Y es ahí donde reside lo bueno y lo malo de Stephen King (y cuando uno dice “lo bueno” se refiere a atreverse a iniciar su lectura). La repetición de los esquemas retrotrae al lector a su estado juvenil, aquel en el que muchos de nosotros solíamos recurrir a este autor. King se retroalimenta de su propia juventud y ayuda a que todos nosostros volvamos a ella recuperando sus títulos más antiguos de forma inconsciente.
Sin embargo, el lector no olvida en ninguno de sus capítulos que la época de leer Stephen King ya ha pasado. Que nos hemos hecho mayores mientras él… ¿Sigue igual?

Porque sabemos que el autor debió sufrir mucho durante su época escolar, atormentado por lo que ahora se viene a llamar “bullying” -moderneces a parte-, época que, a su vez, no parece haber superado. En “La cúpula” no dejaremos de encontrarnos estos episodios: entre el personaje principal (¡que se llama Barbie!) y el hijo del alcalde malo; entre los niños-héroes que sacan buenas notas y se ríen de ellos pero que son claves para desarmar el lío y, sobre todo, en las consciencias de todos los personajes abrumados por un pasado en el que trataron mal a algún compañero.
Así pues, el lector que en su juventud agradecía ver como “Carrie” destruía a sus detractores, ha superado con creces esa etapa y ni siquiera se le ocurriría releer dicha novela. Como mucho vería de nuevo la excelente película de De Palma.

Y he aquí que nos encontramos con otro de los paradigmas que la lectura de “La Cúpula” nos despierta. Y es que King sí que ha evolucionado en algo: sabe que todos sus libros son carnaza para productoras cinematográficas. Así que, poco a poco, ha ido convirtiendo su literatura en borradores argumentales con mucho público y que, ya antes de salir al mercado, son comprados para convertirse en guiones.
En este caso, es divertido ver como uno de esos niños-héroes reflexiona sobre qué sería él en una película de Steven Spielberg: sería el niño que consigue sacar de la situación a todos su amigos. Y, ¡Oh! casualidades de la vida, aparece la notícia de la próxima realización de la serie de HBO de “La cúpula” producida por… ¡Steven Spielberg!

King olvida por completo el estilo, dejando que la novela se deslice de un gancho argumental al siguiente que, sí, es efectivo por lo calculado que está, pero que sin embargo olvida la sutileza y los matices. Esos ya los pondrán los guionistas si quieren.
Esta falta de sutileza convierte a los personajes en buenos y malos y punto. El malo, con su mentón bien hacia arriba, seguirá con sus actitudes insultantes mientras que el bueno, con sus ojitos de cordero degollado, intentará hacer el bien para todos, si hace falta, sacrificándose. Lo mismo sucede con los diálogos, que llegan a puntos inimaginados de estupidez. Aunque el ritmo siempre gana.

La novela intenta defenderse abogando por el camuflaje de la historia a partir de ecos morales sobre la guerra de Iraq -tampoco de forma sutil: solo hace falta ver cuál es el punto débil del personaje de Barbie: no haber detenido a un compañero de una cárcel de Iraq de que matara a un árabe gratuitamente-, sobre el error de las dictaduras (o las malas políticas, en concreto la de Bush), sobre la mala conciencia personal, sobre el terrorismo (y el 11-S por supuesto), sobre desatres naturales como el huracán Katrina, etc. Sin embargo, intentando verla desde este punto de vista defrauda más, pues no reflexiona más que desde una superficialidad absoluta. Al fin y al cabo, lo que cuenta es agarrar al lector y de forma completamente literal: encontramos pasajes en que el narrador se convierte en el Dios creador del pueblo y, hablando directamente a un lector que tal vez acaba de aburrir con alguna descripción, le dota de visión panorámica alzándolo al vuelo para mostrarle el mal que se avecina.

En definitiva, una efectiva muestra de neutralidad que acaba por encaminarnos hacia el “asunto” de todo esto: el castigo que merecen los personajes supervivientes por las estupideces cometidas en su pasado. La cúpula ha hecho pagar sus pecados y saldrán de ella liberados de la carga y dotados de vida… Aunque preferimos quedarnos con el recuerdo de haber leído cuando tocaba el relato de 120 páginas “La niebla”, resumen más poderoso del título que nos ocupa.

¡Ay! Pero cuanto nos hemos reído con las erratas recordando sus episodios más endebles y recordando nuestras adolescencias respectivas.

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