El tutú (Princesa Safo)

Posted on junio 28, 2010

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Dinero, sesos, dinero, Dios y mierda, mucha mierda

Políticamente incorrecto, es más que probable que al lector de hoy en día, aunque experimentado en vísceras, excrementos y demás intentos de perturbación, algunos pasajes le escandalicen. Las Erratas en cambio, andándose sin remilgos, encuentran lúcidez y sátira en todo esto. Y es que semejante batiburrillo de obscenidades se encuentran cargados de unas razones claras, cuerdas y, por lo tanto, justificadas, para mostrar la sociedad de alta clase parisina de fin de siglo.

O, ¿acaso para demostrar a la gente que acaba de leer esta novela en el momento actual, que hace 100 años también existían inventivas rompedoras, irreverentes y absolutamente críticas?

Y es que Princesa Safo consigue en su novela crear unos personajes completamente nuevos, en cuanto a perdidos y desmoralizados. Al fin y al cabo, Petronios han habido siempre. Sin embargo, aquí se da un paso más allá, en el momento en que ya no son una reproducción con más o menos realismo de las situaciones de baja moral (lupanares y otros lugares de “buena vida”), sino que las situaciones parten de la moral desestructurada de unos personajes completamente perdidos y sin ningún tipo de capacidad de distinción entre el bien y el mal, la cual desemboca en una descripción de la sociedad completamente crítica hecha desde la exageración.

Con estas pautas marcadas, solo puede haber una solución: la absoluta destrucción de todo lo que conlleva el pertenecer al género humano/una determinada sociedad.

El libro resulta ser una espiral psicodélica recorrida a mano de Mauri de Noirof, un personaje que no tiene ningún tipo de objetivo en la vida más que el de pasear divagando/delirando continuamente. Por su irregular amnesia (que servidor ve como selectiva), no lleva a sus espaldas el peso de un pasado y su falta de aspiraciones, le llevan a vivir un presente por el que fluir entre situaciones nunca elegidas, pero siempre aceptadas.

Así presentado, el protagonista no es más que un señor que acaba de tener la idea de casarse. Pero es una idea que más bien viene dada por “lo que toca” que no por aspiración propia. Y ¿qué mejor manera de empezar a destruir obviedades de la vida en sociedad que proponer que el personaje esté enamorado de su madre en un diálogo teatralizado?

Así se inicia la serie de desventuras del (¿primer?) antihéroe literario, que nos llevará a pasearnos por fiestas de alta clase con estatuas vivientes de carnes generosas (con descripciones algo perturbadas), a conocer a mujeres de dos cabezas a las que el personaje dejará embarazada(s), noches de bodas en globos aerostáticos donde el novio huye, banquetes de sesos acompañdos por copas de flemas y otros pasajes no menos desesperados.

Leer este libro comporta una serie de sensaciones progresivas muy diferenciadas unas de otras: se inicia el libro con bastante humor, se pasa al delirio en suspensión, a la espera de saber hacia donde se dirige, para continuar con la desesperanza seguida de la náusea, el horror y la esperanza desviada.

El humor recuerda en ocasiones al lúcido surrealismo de Boris Vian, desprotegido de la barrera poética de éste, y protagonizado por el sucio personaje de “La conjura de los necios”. Por su parte, el delirio se encuentra en las descripciones oníricas de un mundo devastado en el que solo sobrevive el propio Noirof gracias a un Dios desprovisto de resaca tras 700 años de fiesta con los querubines (capítulo memorable donde los haya) o los momentos protagonizados por Mani-Mina, la mujer de dos cabezas, con la mitad del cuerpo enfermo y la mitad del cuerpo sano y un embarazo de 18 meses en propoción a las dos identidades (la lógica más pura).

En cuanto a la desesperanza, la encontramos en los pocos momentos reflexivos del protagonista, en los que se abruma ante la pregunta ¿qué es la vida? O ¿de qué sirve?

Y ahí encontramos el quid de la novela. Ya no es tan sólo dibujar unos personajes perdidos en su sociedad y los ideales que la han movido, sino representar esa sensación de pérdida como algo causado por la propia sociedad. La religión ofrece un Dios que pueda satisfacer todas las respuestas a las grandes preguntas de la humanidad. Pero, con el inicio de la individualización, ¿cómo responder a qué represento yo en esta sociedad?

Moirof no está libre de estas inquietudes: es, al igual que sus compañeros, un representante de una época que deja de creer en todo lo que hasta ahora se ha creído pero que no puede agarrarse a algo surgido nuevo. Es una sociedad acabada donde ya sólo queda el dinero (un juego sucio de sorpresas y desencuentros), por lo que se ven situados en un in medias res en el que no existe opción válida. Por ello construyen sus propias reglas: ¿por qué no enamorarse de una piedra? ¿Por qué no puede un árbol dar como fruto a un humano?

Una vez libres de toda norma pero encerrados en un sistema, solo puede quedar la degradación, la insatisfacción y la autodestrucción.

Pues para estos personajes, al fin y al cabo, no somos más que mierda.

Me es realmente complicado hablar ahora de influencias a causa del absoluto deconocimiento que tenía en referencia a la novela -en este sentido se valora desde aquí el trabajo de Blackie Books y su edición más que cuidada-. Por lo tanto, debo proponer en este momento otra lectura, en la que metamorfoseo el concepto “influencia” por el de “obra profética”. Y es que es una obra profética en cuanto vemos como abre las puertas a tantos y tan diferentes tendencias o características culturales: se puede observar con bastante claridad las interjecciones de la obra con la trash culture americana, de la que, en concreto, saco como representante a John Waters y su primera etapa como director. En películas como Pink Flamingos encontramos el mismo tono desenfadado que roza lo legalmente admitido, el gusto por la escatología y, a la vez, el amargo sabor de lo desprovisto de reglas

Así mismo, las asimilaciones claras con películas como “Freaks”, el surrealismo, todavía no aparecido pero a punto de estallar que tal vez asimilaría al de Max Ernst o incluso la antes ya citada obra “La conjura de los necios” no son más que hijos (no reconocidos) de “El tutú”. Tal vez ese “no reconocidos” implique que la obra lleve la etiqueta de “maldita”.

Del autor…esa es otra larga historia. Sin embargo, el indescifrable e intrigante nombre o su identidad (o la falta de ella) son grandes representaciones que introducen a lo que está por venir a lo largo de las páginas. De hecho, tal vez todo lo escrito antes no valga nada. Tal vez Princesa Safo se esté riendo de nosotros (y lo hace a la perfección). Tal vez solo sea una alabanza hacia la estupidez y las ideas estúpidas (las que mueven el mundo -aceptamos barco-).

En definitiva: no es la obra de humor en su máxima expresión (no se debe vender como tal), sino que es la más desalentadora obra, la más extraña, desagradable y vertiginosa. Y por eso nos encanta!

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